Orión, el gran cazador

En la oscuridad invernal, cuando las noches son más frías y largas, Orión se eleva sobre el horizonte. Abrígate y sal de caza con la que posiblemente sea la constelación más bella de todo el cielo.

Orión ascendiendo sobre Mera. Foto: Jaime Martínez Mosquera.

Orión ascendiendo sobre Mera. Foto: Jaime Martínez Mosquera.

Cuenta la leyenda que Artemisa, diosa griega de la Luna y de la caza, se había enamorado de Orión, el gran cazador, y que a causa de ello dejó de cumplir su tarea de iluminar el cielo nocturno. Viendo esto, Apolo, su hermano gemelo, la retó a alcanzar con su flecha un diminuto punto que flotaba en el océano. Artemisa no erró en su disparo. Pero lo que desconocía era que el punto al que había abatido era Orión, quien podía caminar sobre las aguas. Ella sólo supo lo que en realidad había hecho cuando su cuerpo sin vida fue devuelto a la costa. Profundamente desconsolada lo recogió y lo colocó en el firmamento. Su pena es el motivo por el que la luna mira tan triste y fríamente.

 Es ahora, durante las gélidas noches de invierno, cuando Orión recorre silenciosamente el cielo con sus pasos de gigante. Sus siete estrellas principales también son gigantes que se encuentran entre las más luminosas de toda la bóveda celeste. Es por ello que su figura resulta tan fácilmente reconocible. Al igual que sucede con la Osa Mayor, la constelación de Orión puede ser empleada como un punto de partida para orientarse en el cielo. Asimismo, en ella, se dan todas las etapas de la vida estelar.

Cinturón de Orión. Mintaka, Alnilam, Alnitak y nebulosa de cabeza de caballo bajo ésta última. Foto: Digitized Sky Survey ESA/ESO/NASA dominio público.

Cinturón de Orión. Mintaka, Alnilam, Alnitak y nebulosa de cabeza de caballo bajo ésta última. Foto: Digitized Sky Survey ESA/ESO/NASA dominio público.

Su rasgo más conocido son las tres estrellas que, alineadas en el centro del cuadrilátero, forman su cinturón. De oeste a este –derecha a izquierda- éstas son Mintaka, Alnilam y Alnitak. Se trata de gigantes azules jóvenes que se encuentran a unos mil años luz de distancia –las vemos tal y como eran antes del descubrimiento de América-. Sin embargo, cualquiera de ellas brilla tanto como decenas de miles de soles juntos.

Siguiendo nuestro recorrido, justo bajo el cinturón, se distingue una pequeña formación difusa de estrellas. En un cielo oscuro y a simple vista se revela más bien como una nube de luz tenue. Con unos prismáticos o un telescopio pequeño su estructura se puede apreciar sin problema. Se trata de la Nebulosa de Orión, una región gaseosa de intensa formación estelar. De hecho, la luz que la ilumina, es la producida por los cientos de estrellas recién nacidas que anidan en su interior.

M42, popularmente conocida como Nebulosa de Orión. Foto: Wikipedia.

M42, popularmente conocida como Nebulosa de Orión. Foto: Wikipedia.

En la esquina inferior derecha del rectángulo de Orión nos encontramos con la brillante Rigel. Esta estrella es una supergigante azul, ya madura, cuya luz ha tardado novecientos años en llegar hasta nosotros. Su superficie alcanza los 11.000 Kelvin, y tiene un radio que es más de 70 veces el radio solar. De hecho, si estuviese donde se encuentra el Sol, aparecería en nuestro cielo diurno como un círculo de unos 40 grados de diámetro angular. Para hacernos una idea de este tamaño hay que tener en cuenta que el ángulo cubierto entre el meñique y el pulgar, con la mano abierta y el brazo extendido, es de sólo unos 20 grados. Obviamente en esas condiciones la vida en nuestro planeta sería imposible.

 Por último nos subiremos al hombro del gigante Orión para visitar a una de las estrellas más grandes que se conocen. Su nombre es Betelgeuse, y ocupa la posición diagonalmente opuesta a Rigel.

Betelgeuse es una supergigante roja que se encuentra en los últimos momentos de su vida. Las reacciones de fusión en su interior la han hinchado hasta convertirla en una descomunal esfera con un radio equivalente al de 900 soles. Cuando agote todo el combustible en su interior, sucumbirá a la fuerza de la gravedad, caerá por su propio peso, y entonces explotará como supernova. Esto podría suceder mañana o dentro de cien mil años, pero sucederá. En ese momento Betelgeuse se despedirá brillando tanto como la Luna llena –a pesar de encontrarse a más de 500 años luz-, y será visible incluso de día durante varios meses.

Betelgeuse y el Sol a escala.

Betelgeuse y el Sol a escala.

A pesar de las horas de frío, el firmamento invernal guarda los paisajes estrellados más bellos de todo el año; así que, ¿qué mejor compañía para adentrarse en la oscura inmensidad de los cielos que la de un gigante cazador que los recorre incansablemente noche tras noche?

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