Lluvia de estrellas: las perseidas

Puntualmente vuelven año tras año para desaparecer en una estela de luz a 100 kilómetros sobre nuestras cabezas. Son las perseidas, una de las lluvias de estrellas más conocidas, y también una de las más intensas.

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Varias perseidas atravesando el cielo. Fuente: NASA

Sólo es necesario un lugar cómodo en el que tumbarse para que nuestra mirada vague libremente por el cielo. Entonces, poco a poco, los ojos se acostumbran a la ausencia de luz. Van apareciendo más y más estrellas. Cientos de ellas formando constelaciones. Y si la noche es oscura, miles. Algunas son más brillantes que otras. Todas son otros soles. Y todas son diferentes. Al igual que la paleta de colores con que iluminan la noche: rojas, amarillas, blancas, azules… Su luz, después de recorrer la inmensidad vacía del espacio durante años, cae en nuestros ojos.

Pero de repente, allí donde no había nada, surge un fogonazo más intenso que cualquiera de ellas. Atraviesa el cielo a gran velocidad. Instintivamente la mirada sigue su estela de luz. No dura más que unos instantes. Y casi sin darnos cuenta todo ha terminado.

El breve resplandor que iluminó la noche se desvanece entre las estrellas que continúan brillando tranquilamente. Sin embargo sigue presente, lo vemos en nuestra imaginación, como queriendo asirlo, extender su vida, impedir que su brillo se apague. Tardamos un instante en volver y darnos cuenta de lo sucedido: aquello que vimos era una estrella fugaz. Pero su recuerdo nos acompañará siempre.

Quien no haya presenciado nunca este fenómeno astronómico está de enhorabuena. Hoy será el punto álgido de las perseidas, la lluvia de estrellas que cada año vuelve a mediados de agosto con una tasa media de hasta 100 meteoros por hora.

A lo largo de la noche nuestro planeta atravesará el rastro de polvo y escombros dejados tras de sí por el cometa Swift-Tuttle. Durante esas horas miles de fragmentos se vaporizarán al entrar en nuestra atmósfera a más de 50 kilómetros por segundo. El tamaño de estos cuerpos va desde el de un grano de arena al de un balón de fútbol. Pero debido a las fuerzas de rozamiento alcanzarán temperaturas de miles de grados, haciéndose por unos instantes más brillantes que cualquier estrella, y siendo capaces incluso de proyectar sombras antes de desaparecer.

Lo mejor de todo es que para disfrutar completamente de este espectáculo celeste no es necesaria la ayuda de ningún instrumento óptico, sino tan sólo un cielo oscuro y un poco de paciencia.

Pasada la medianoche tendremos que dirigir nuestra mirada hacia el nordeste. Allí, a media altura sobre el horizonte, nos encontraremos con la inconfundible forma de “W” de Casiopea. Bajo ella se encuentra Perseo. El radiante, punto desde el que aparentemente provendrán todas las estrellas fugaces, se encuentra a medio camino entre estas dos constelaciones.

Región del cielo a la que dirigir la vista, entre Casiopea y Perseo

Región del cielo a la que dirigir la vista, entre Casiopea y Perseo

Es aconsejable mantener la mirada fija en un punto para que los ojos se acostumbren a la posición de las estrellas. Cualquier destello se apreciará así mejor debido a que la mayor sensibilidad ocular no reside en el centro del ojo sino en la periferia de éste. No obstante, la mejor aliada de la observación en una lluvia de estrellas es la oscuridad. Sin embargo, este año la presencia de la luna dificultará la observación ya que su luz velará a los meteoros más débiles.

En cualquier caso, esta es una ocasión única para dejarse sorprender con todo lo que los cielos de Coruña nos pueden enseñar. Un plan perfecto para una noche de agosto.

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